Arturo Calle

Arturo Calle habla de su juventud y aconseja a jóvenes

“De joven era más amarrado que cualquiera. Gastaba solo lo necesario, al punto de que prefería ir al cine solo. No invitaba ni a las muchachas de la época con tal de ahorrar, porque mi meta en la vida era ser independiente”.

Así define sus años de juventud el reconocido empresario de la confección y comerciante Arturo Calle, cuya empresa con el mismo nombre cumple cinco décadas de operaciones en el país. Desde joven se consagró como un diestro vendedor, primero de los productos que su madre cosechaba en la pequeña finca situada en Altos de Robledo (en las afueras de Medellín), lugar donde vivía junto con sus nueve hermanos.

Su fama como vendedor de frutas, hortalizas y flores creció a tal punto que pronto sus vecinos requirieron de sus habilidades para que les ayudara a comercializar también sus productos, sin reparar en sus escasos 12 años y su porte menudo.

Desde ese momento, su pasión por los negocios y el deseo de involucrarse en varios sectores de la economía fue creciendo con el tiempo. Ese interés -casi obsesión- estaba por encima de cualquier cosa, incluso del estudio.

“Solo tengo el bachillerato y no más”, afirmar Arturo Calle sin titubear o siquiera sonrojarse.

Recuerda que en su época de estudiante solía faltar a clases por irse a cuanta feria ganadera se realizaba en su natal ciudad.

Luego debía ingeniárselas para conseguir una excusa para que el colegio no lo sancionará.

“Tenía un amigo que atendía un puesto en la plaza de mercado; yo le redactaba las excusas, y él las firmaba con el nombre de mi mamá o el de mi papá”, recuerda entre risas el empresario.

Su suegro, Héctor Correa, fue quizás, sin proponérselo, quien lo metió de lleno en el mundo de las confecciones, pues tenía una cadena de almacenes en ese sector al que llegó a trabajar y a aprender el oficio.

Al poco tiempo, con 27 años de edad y una vez instalado en Bogotá, invirtió los 17.000 pesos en un negocio de camisas.

El almacén Danté, situado en pleno corazón de la capital del país (San Victorino), pronto pasó a llamarse La Camisita. A este le siguió la compra de dos locales más en el mismo sector un par de años después, los cuales surtía en un principio con productos que les compraba a empresarios de Pereira y que luego reemplazó por sus propios diseños y marca, lo que impulsó sus almacenes.

Si el negocio de las confecciones no se le hubiera dado, ¿cuál era la opción?
Una cadena de comidas rápidas con puntos pequeños, no restaurantes a mantel, por una razón muy sencilla: primero, porque con las comidas rápidas uno puede extenderse y tener 30 o 100 puntos, vendiendo lo que la gente compra desde que se levanta hasta que se acuesta. Por ejemplo, hamburguesas, salchichas, chicharrón frito con patacón o arepa, unas buenas empanadas, pinchos, morcilla bien exquisita, ese tipo de comidas que les gusta a todos los paladares y cuyos costos son muy bajos para el público.

¿No es un mercado difícil?
No. Es un negocio que se puede montar en áreas de 30, 40 o 50 metros y así se puede crecer. La otra ventaja es que todo siempre tiene el mismo sabor. Un buen chorizo tendrá toda la vida el mismo sabor si se prepara siempre bajo el mismo concepto.

¿Aún cree que puede ser un buen negocio?
Sí. El otro día estuve conversando con los hijos, a quienes les planteé la idea de montarlo, pero me dijeron: papá, todavía tenemos muchos desarrollos por hacer en nuestra empresa y no nos podemos distraer.

“No me da pena decir que fui el pionero en Colombia de los almacenes de gran formato en el sector de las confecciones, una idea que luego copiaron mis competidores”, destaca el empresario, quien este año inaugurará su primer local de 1.000 metros cuadrados en el centro comercial Palmetto Plaza, de Cali, con una inversión de 2.800 millones de pesos.

Y qué decirles a aquellos que dicen que su negocio es más inmobiliario que de ropa…

Que el negocio inmobiliario es excelente, pero yo no lo manejo con el concepto de vender productos inmobiliarios. El negocio inmobiliario es uno de los éxitos más valiosos de esta compañía, porque se compran inmuebles excelentes, con muy buena valorización, pero esta no es importante para nosotros porque montamos un almacén. Puede valer el oro del mundo el terreno, pero como no lo vamos a vender, entonces, lo que valga es secundario.

¿No es mejor pagar arriendo, como hacen otros empresarios?

En Colombia, los arriendos son mortales. ¿Se imagina trasladarle yo los 200 millones de pesos que cuesta el arriendo de un local de estos a los productos que vendo? Dejaría de ser Arturo Calle.

A sus 77 años, este empresario sigue siendo ese trabajador incansable. Aún conserva esa destreza de vendedor combativo con la que comenzó a forjar un nombre por allá en los años 60. Describe al detalle cada prenda, producto y accesorio que exhibe en sus almacenes y no deja de sorprenderse con el vuelco que ha tenido su organización en estas últimas décadas.

Asiste a su oficina sagradamente todos los días, en una jornada que por lo general termina entre las 7 y 8 de la noche. Ya no está al frente de la gerencia, pero se mantiene al tanto de lo que sucede en la organización, en su condición de presidente.

“La empresa le pertenece a los hijos, pero mi corazón le pertenece a la empresa”, dice este hombre que se define, a su vez, como una persona demasiado sencilla y simple.

“Yo no me complico con nada; así como me ve elegante, no tengo problema en sentarme en un andén a comerme un chicharrón con cualquier persona. ¡Ah, ¿no es eso muy rico?”, dice en medio de risas.

Y sueña con ver a su empresa, a la vuelta de unos años, tres o cuatro veces más de lo que es en extensión y con nuevos desarrollos, conceptos, productos y marcas adicionales.

Artículo tomado de Eltiempo.com